Teatro, del griego theaomai: contemplar

Teatro viene de una palabra griega, theatron, que significa «lugar para ver». A su vez, este vocablo deriva de un verbo, también griego, theaomai, que traducimos por «contemplar». Si hacemos caso de la etimología y seguimos al pie de la letra el significado literal de las palabras nos daremos cuenta de que al final de todo, el teatro, en esencia, no es mucho más que la simple y cotidiana acción de mirar, de contemplar.

Pero eso que se lo digan a La Fura dels Baus, que estremeció  de terror al público simulando el secuestro de la sala en Boris Godunov –en recuerdo del secuestro del teatro Dubrovka en Moscú por terroristas chechenos,  menos teatral y con muertos que no eran de mentira-; a Carmen Machi, la actriz que extendió su caparazón de tortuga en La tortuga de Darwin para que los espectadores pudieran rozar las escamas de su cuerpo; a Juan Mayorga, el dramaturgo que en Hamelin nos contó el cuento con la moraleja más triste: los inocentes nunca vuelven; a Roberto Álamo, el actor que en Urtain dejó al público sin respiración cuando se cortaba la suya con cada golpe que recibía en el ring…  Seguro que todos ellos piensan que al teatro se va a algo más que a mirar.

Estos «cráneos previlegiados» – como llamaba el borracho de la taberna de Pica Lagartos a Max Estrella en Luces de Bohemia, de Valle-Inclán- y muchos otros que aparecerán en las siguientes páginas están ensayando en estos momentos, ayer terminaron de escribir el tercer cuadro del segundo acto de su próxima comedia, hacen la maleta para irse de gira y dirigen el último ensayo general antes del estreno. Han aprendido del teatro que otros hicieron antes, y algunos, como la directora Helena Pimenta siguen explorando y descubriendo tesoros ocultos en las historias de Shakespeare. Pero nos hablan en el lenguaje de un tiempo que vivimos ahora y reflejan problemas actuales (como Teatro La Abadía en Días mejores, donde la crisis económica se convierte en el principal conflicto de los jóvenes.)

Demuestran que el teatro sigue vivo aunque muchos quieran enterrarlo entre las ruinas de teatros destruidos como el Bretón en Salamanca. Hacen teatro hoy en teatros de ayer, pero también en salas nuevas, en modernos auditorios y hasta en la calle. El escenario: cualquier parte.

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