Viaje al Parnaso. Siglo de Oro en el universo Vasile

Dice Juan Mayorga (últimamente odiado y amado a partes iguales) que el teatro es asamblea. Un momento de comunión entre los asistentes, compartido de forma íntima y, hasta un poco celosa, que da lugar a risas, conversaciones, debates, lágrimas, recuerdos inesperados. Los asistentes de Viaje al Parnaso viven una experiencia cómplice con el otro como espectador, pero sobre todo -y felizmente- con el otro como actor.

Tony della Casa (autor, actor y director de la obra) parte de una premisa gloriosa: los grandes autores del Siglo de Oro se juegan en un talent show presentado por Cervantes el Ministerio de Cultura. Lope de Vega, Góngora, Tirso de Molina, Quevedo y Calderón tienen que superar pruebas como rapear versos, responder preguntas o improvisar sonetos; y todo a un ritmo vibrante.

El montaje es un espejo esperpéntico sobre el que se refleja un tipo de entretenimiento televisivo noventero. Los actores juegan con todo ese universo de Vasile vertebrado en torno a una música en directo -que va de la viola de gamba al djembe pasando por un blues con armónica con sorprendente coherencia-  que nos transporta a un mundo híbrido entre un plató de Mediaset y el Siglo de Oro.

Faltan más momentos con Juana Inés de la Cruz (muy bien defendida por Isabel Montijano): en mi opinión la escritora más brillante de todos. Pero Viaje al Parnaso es, sobre todo, un viaje hacia el alma de estos escritores que hemos conocido a través de sus letras, y que reconvertidos en concursantes chuscos se vuelven más humanos y ambiciosos.

Viaje al Parnaso es una producción de La Farsa Cultura y se representa en el Off del Lara los martes de marzo.

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Esa extraña inercia

 

MANUAL ABREVIADO DEL PERFECTO BUDISTA. Héctor Toledo. Inercia Teatro

Como dice la letra de Antonio Arias (Lagartija Nick), Esa extraña inercia en lugar de provocar una conexión al pánico, yo diría que Inercia Teatro consigue una conexión al público. Héctor Toledo nos presenta un texto que es una bofetada al público desde el primer segundo hasta el saludo final. De fondo, los temas de siempre: el amor, la amistad y la muerte que llevan a los personajes desde la miseria a la humanidad en poco más de hora y media. Una historia que habla de la muerte, pero en la que tiene  esencial protagonismo la vida. El autor retrata una generación dormida, apática, que se ha rendido ante un futuro que no era el que les habían prometido.

Al texto le sobran las alusiones al público y las explicaciones técnicas sobre cómo funciona el teatro en la escena de la borrachera. No aportan nada a la historia y distraen la atención del espectador, que tiene la sensación de que aquello no viene a cuento. Tampoco está bien resuelto cómo el personaje de Luque se entera de que va a morir (la voz en off del payaso). Original, sí, pero demasiado sórdido.  Las divagaciones físicas y filosóficas del gato encerrado no se sabe dónde no están al alcance de todo el público. Aunque quizá, tampoco estamos hablando de una obra que lo esté.

Por lo demás, no sobra ni falta ni una frase, ni un silencio. Y mucho menos los de Virginia Guechoum (Carmen). El espectador sufre con ella, siente su angustia, su rabia y sus dudas. Virginia Guechoum logra lo que pocas actrices: llevar al público a una catarsis a través de su dolor. Adrián Lázaro (Pedro) nos mira desde los ojos de un hombre perdido, que no sabe si huye o busca el camino a casa. Mira con la desesperación de quien se avergüenza de sí mismo, de quien busca una salida. Daniel González (Luque) es el eje central de la acción. Y comienza fuerte, arriba. Su cuerpo se deshace mientras entiende el sentido de su vida, y empieza a disfrutarla cuando reconoce su valor porque la está perdiendo. Y sin embargo esto no es lo más triste, sino lo más emocionante. Si la mirada de Adrián Lázaro se lleva toda la atención del público, es la voz de Miguel Gullón (Profe) quien induce al espectador a sentirse fracasado, fuera de lugar. Su aparente fragilidad esconde un trasfondo del personaje que se va desnudando según avanza la acción.

Los actores sienten miedo y el público también. Pero a su vez  sacuden al espectador con descargas de energía en el momento justo. Genial la escena de Nacidos para ser salvajes. Una lección de cómo describir la relación entre cuatro personas en pocos segundos. A través de los gestos, las miradas, y los gritos intuimos, -mejor dicho, conocemos- los silencios compartidos, los miedos, e incluso el pasado común entre Luque, Pedro, Carmen y Profe.  El director impone un ritmo cinematográfico a través de la música que suponemos es la banda sonora de la vida de los personajes. El sonido ambiente nos hace sentir frío, calor, miedo. Mención aparte merece la iluminación de Sara Martín: la autocaravana como único foco de luz, de vida en medio de un camino largo, oscuro, sombrío (especialmente genial en el inicio y el final del viaje). Manual… logra que el espectador conecte con una generación. Que comparta su rabia, su dolor y su incertidumbre. Y el público sale del teatro con ganas de vivir.

La corrupción como espectáculo

NOVIEMBRE, de David Mamet.

Santiago Ramos, Ana Labordeta, Cipriano Lodosa, Jesús Alcaide, Rodrigo Poisón.

Dirección: José Pascual.

La corrupción como espectáculo es el lema de esta comedia de David Mamet. Falta una semana para que se celebran elecciones en Estados Unidos, su presidente tiene muy pocas posibilidades de ser reelegido y además se resiste a abandonar la Casablanca sin llevarse un buen pellizco y el sofá de su despacho. Esta comedia constituye una inteligente sátira sobre el poder y la clase política en Estados Unidos, que nos presenta la corrupción de manera tan lógica y natural que el público termina saliendo del teatro riéndose de que las personas que gobiernan el mundo respeten tan poco a los ciudadanos.

El personaje de Santiago Ramos -presidente de Estados Unidos- no sabe si su país está en guerra con Irán o no, pero se dedica a enlazar una serie de mentiras tan absurdas como hilarantes para conseguir sus propósitos. El actor salmantino marca un ritmo frenético sin apenas pausas ni silencios en un texto vertiginoso. Nos hace pensar en alguien conocido: su papel de presidente en declive no es más que la caricatura de ciertos políticos del siglo XXI.

Ana Labordeta hace un retrato de la escritora de discursos del presidente: su mente y su lengua ante el público, la artífice del disfraz de la ineptitud del presidente. Su interpretación es convincente y nos demuestra su enorme calidad como actriz pero dista mucho de la Sonia de El guía del Hermitage, donde emocionó al público desde el momento en el que entra en escena por primera vez, llamando a su marido para que le abra la puerta del Hermitage porque hace mucho frío en Stalingrado y están en plena Segunda Guerra Mundial. El resto de actores resultan creíbles y se mueven con soltura en el trepidante ritmo de esta comedia.

Tras leer las críticas de Glengarry Glen Ross -Teatro Español, hasta el 17 de enero- que alaban la calidad del texto y la versión de Daniel Veroneese, reconozco que quizá esperaba algo más de David Mamet. La ligereza y brillantez de los diálogos (que presentan los gags en el momento justo) hacen olvidar un argumento en ocasiones un tanto pobre, pero que divierte a la vez que invita al público a reflexionar sobre la clase política del país más poderoso del mundo.

Jugando con las palabras

¡Al carajo la poesía!

Maldigo la poesía concebida como un lujo. (Gabriel Celaya)

¡AL CARAJO LA POESÍA! Raízde4teatro

Ella: Carmen Castrillo. Él: Luis Oliver. Dirección: Marieta Monedero.

Lo cierto es que comparto la experiencia de Él. Yo tampoco entendía nada o casi nada de la poesía que estudiaba en el colegio. ¿Por qué los poetas son gente tan complicada? Qué manía de liar las cosas con lo fácil que es hablar claramente, creía yo. Después de años de esfuerzo infructuoso por identificar y entender las figuras literarias me rendí. Ahora, tras ver el montaje de Raízde4teatro pienso que quizá, lo mejor hubiera sido mandar al carajo la poesía,  y quizás también el resto de la literatura. Y simplemente jugar con el lenguaje y disfrutar, sin miedo a las palabras.

Los personajes de Luis Oliver y Carmen Castrillo hablan de versos en verso, en prosa y sobre todo en teatro. Le dan la vuelta a los poemas y nos muestran otra manera de ver a Don Juan y a Doña Inés. Diez escenas en las que personajes e ideas confluyen en torno a la poesía.  Un espectáculo inteligente, valiente y sencillo con el que disfrutar de la poesía y el teatro.