“Tú no tienes la culpa, mi amor, que el mundo sea tan feo”: cómo pasar de ser una y-y-y a una ni-ni

No está en mi ánimo quejarme de mi momento vital ni de la situación de mierda que vive nuestro país. Prometo que esta no es una entrada llorica para desempleados ni una lista de consejos sobre cómo buscar curro -para eso ya están Airhe y Noesis que dan estupendos cursos de orientación para la búsqueda de empleo-. Tampoco me voy a marcar un Risto Mejide ni a lanzaros con un ukelele al metro a hacer algo original para que os vea alguien y os fiche (toda mi admiración, dicho sea de paso, para Enzo Vizcaíno). Simplemente, quiero compartir con vosotros algunas cosas que a mí me hacen sentir mejor desde que he pasado de ser una y-y-y a una ni-ni.

Os cuento un poco mi historia por si alguien se siente identificado:

Hace un año y cuatro meses que acabé mis estudios -grado en Periodismo y un máster en guion de ficción-. Durante el curso 2012/13 me dediqué a escribir, a estudiar inglés y a intentar darle un futuro a mi ya difunto grupo de teatro -eran cosas que hacía antes, pero con menor intensidad-. Con esto quiero decir que yo era una tía más o menos trabajadora y con iniciativa (¡a mí, crisis!). Hice lo que decía Risto Mejide y muchos de mis profesores: escribid mucho, presentaos a concursos, producid vuestras historias, frecuentad círculos culturales, conoced gente. No os rindáis antes de empezar. “No os rindáis antes de empezar.”

Pero no conseguí nada.

Con este rollo sigo queriendo explicar que la paciencia, la voluntad y las ganas de hacer cosas no son ilimitadas: podemos mantener la ilusión un tiempo pero, sin perspectivas de futuro, se diluye tarde o temprano. La inactividad genera más inactividad.

Por eso aquí propongo cuatro cosas que seguro que muchos ya hacéis, porque son de cajón, pero que sugiero tener en cuenta para no desquiciase:

1.- Leed.

2.- Leed.

3.- Leed. A mí es lo que más me consuela. En contra de lo que mucha gente de mi entorno piensa, no he sido una gran lectora entre los dieciséis y los veintitrés años. En esa época me puse a hacer teatro, tocar el piano y muchas otras chorradas. Y me perdí a muchos escritores sin los que ahora no concibo una letra. Para recordar por qué leer os dejo aquí un texto que me encanta de Luna Miguel (¿por qué no leí antes sus poemas ni las lecturas que ella recomienda?) Que lea otro. Ficción, ensayo, poesía, reportaje periodístico. Lo que os dé la gana. Leer nos ayuda a convivir con el fracaso y a no estar diciendo yo todo el saaaaaanto día.

4.- Haced algo de deporte. Libera noséqué que te hace sentir mejor.

5.- Combinad “amigos asquerosos que hacen cosas y tienen un proyecto de vida” con “amigos lloricas parados”. Los primeros os darán ganas de matarlos y los segundos ganas de cortaros las venas vosotros. No pasa nada, no debéis sentiros culpables: la envidia cochina (¿existe la sana?) es un sentimiento visceral incontrolable y el odio anida fácilmente en las almas ociosas. Lo importante es que tengáis en cuenta que vuestro aprecio recíproco supera toda clase de pecados capitales. Aprovechad a unos colegas para desahogaros, sentiros acompañados y comprendidos y a los otros para que os infundan algo de energía y pensamientos positivos. Cualquiera de los dos grupos ayuda a no estar diciendo yo todo el saaaaanto día.

6.- Estudiad inglés. Intercambios lingüísticos, academias, lo que os dé la gana. La sombra de la emigración planea sobre nosotros.

7.- Frecuentad charlas o conferencias. No siempre las da un señor de 127 años que pretende recoger los aspectos más importantes de su vida y obra en hora y media. La mayoría de las veces son gente interesante que cuenta cosas interesantes. Hay charlas de diversa índole en bibliotecas, facultades, fundaciones o asociaciones. Normalmente tendréis que ir con algún “amigo llorica parado”, porque los “amigos asquerosos que hacen cosas” suelen estar bastante ocupados. Las charlas son muy recomendables para ampliar nuestra perspectiva del mundo o ejercitar cierta capacidad argumentativa oculta si no nos mola lo que cuentan.

Y hasta aquí mis pequeñas recomendaciones para hacer más agradable la incertidumbre. Sería hipócrita animar por mi parte a la gente a que aproveche una situación así para desarrollar sus pasiones y buscar a través de ellas un medio de vida, sustentado, quizás, en el autoempleo. Para eso os dejo el famoso corto de la niña bailarina que enterneció a Spielberg. A mí casi, casi me convence.

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18 años (no) son nada

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“La universidad era eso: creer que ibas a abrirte al universo y no encontrar a nadie.”

Antechrista, Amèlie Nothomb

Si volviera a estudiar Periodismo
me sentaría en la última fila
y me portaría peor en clase
Rezaría a Kapuscinski
pondría Babe I´m gonna leave you en la radio
sería más curiosa.
Miraría por el ventanal del fondo
el árbol sin hojas del aparcamiento
Y no tendría miedo
de comprender
de inventar
ni de amar
ninguna historia

Escribir con pasión

Colliure, aunque no tenga nada que ver

 Gracias a esos otros mundos nos comprendemos mejor a nosotros mismos, puesto que no podemos definir nuestra identidad hasta que no la confrontamos con otras.

Viajes con Heródoto, Ryszard Kapuscinski

Sólo por una convención reduccionista, por comodidad, decimos “África”. En la realidad, salvo por el nombre geográfico, África no existe.

Ébano, Ryszard Kapuscinski

Soy partidario de escribir con pasión

Los cinco sentidos del periodista, Ryszard Kapuscinski

Ryszard Kapuscinski murió el mismo año que yo empecé a estudiar Periodismo, aunque eso a mí me importaba muy poco por aquel entonces. Tardé bastante en interesarme por el autor de la sentencia “soy partidario de escribir con pasión”, a pesar de que la subrayé de todos los colores posibles en mi fotocopiado Los cinco sentidos del periodista. “Una buena cita para el feisbuq, el tuenti o la dedicatoria de un libro”; hice los deberes y a la estantería. Dos años después, más entregas con Kapuscinski -qué brasas- y toca Un día más con vida: El reportaje literario. Me coincide con la escritura de Cenizas en la azotea, no tengo tiempo ni para rascarme, así que lo dejaremos para más adelante (mecachis, hay por ahí quien dice que está muy bien).

Año y pico después me ha salvado un verano en la Ciudad de Piedra llena turistas y vacía de ruedas de prensa.

Pienso en que no sé casi nada del mundo y lo lamento. Pienso en mis años de facultad, en mi nula curiosidad por conocer “esos otros mundos” y lo lamento aún más. Pero nunca es tarde, dicen.

Lean sus libros de reportajes si quieren entender mejor esta segunda mitad de siglo y también si les gustan las buenas historias. Lean sus libros si quieren ponerse en el lugar del Otro. Lean Ébano si quieren conocer algo del África negra. Lean Un día más con vida si quieren saber qué pasó en la guerra civil de Angola. Lean Viajes con Heródoto si quieren ver la evolución de becario pardillo a corresponsal. Lean a Kapuscinski para consolarse, para sentir que el universo, en el fondo, es muy emocionante. Tan emocionante como una buena novela de mentira. Y tanto, como un buen reportaje de verdad.

Lean a Kapuscinski.

Nunca es tarde, dicen.

Relatillos cutres: Olvido

Publicado en Diario de Salamanca

Olvido no tenía ni idea de lo que suponía el amor hasta que entró en la biblioteca. Nadie confiaba en que llegara hasta la última página de una novela sin recordar el principio. “Pero, tampoco hace falta darle sentido a todo”, pensó. Allí los periódicos de papel estaban en una mesa muy grande, unos sobre otros, colocados como fichas de dominó, la bibliotecaria le recordaba siempre el camino al servicio y si no podía leer novelas, siempre le quedarían los cuentos.

Un día le conoció accidentalmente mientras buscaba en la sección de literatura rusa de la biblioteca. Creía, honestamente, que era una persona fascinante, un poco gilipollas y bastante desagradable. Le había descubierto leyendo en el periódico su crítica literaria a un autor ruso y desde entonces le buscó entre todas las reseñas. Nadie destripaba con tanta gracia el subtexto de Gorki. La intuición, en la que no creía, le dijo que era él: tenía una mota oscura en el ojo izquierdo.

Y al día siguiente, sin saber muy bien por qué, supo encontrar a Dostoievski.

O ruido, o silencio

Hace cinco años que Juan Ramón Lucas me hizo madrugar un viernes -no había clase- para cruzar Salamanca y sentarme en el butacón rojo del Auditorio de la Facultad de Comunicación. La razón: “En días como hoy” se emitía desde allí para cerrar un ciclo dedicado a Radio Nacional en mi universidad. Yo no había sintonizado jamás la 94.5 de la FM -llevaba como un escaso mes en la facultad, tenía la cabeza llena de pájaros y un nulo interés por la carrera escogida (quería ser teatrera, ya saben)- y la primera vez que escuché el programa fue en directo. Sin embargo, me alegré profundamente de haber madrugado.

Ver trabajar al equipo de Radio Nacional fue la primera pista que recibí en cuatro años de carrera de que la radio es un medio apasionante. Aquella mañana, Miguel Delibes entró por teléfono. Supongo que, por desgracia fue una de sus últimas intervenciones en público. Su discurso, esclarecedor pero de una sencillez y humildad deslumbrante hizo temblar al auditorio. Después vi a Juan Ramón pasear por el pasillo con Chelo Sánchez, mi futura profesora de radio y en aquel momento pensé que alguien que hace un programa de seis horas en directo no puede ser del todo humano.

A partir de entonces empecé a explorar los diales, especialmente los de Cadena Ser y  Radio Nacional, y los podcast de Radio 3. Con “Asuntos Propios” entendí aquello que decían mis apuntes de que la radio es el mejor medio para evocar sensaciones. El sentido interpretativo y crítico con el que Toni Garrido entiende el periodismo se convirtió en la mejor escuela delante y detrás del micrófono. Haciendo zapping permanente entre “La Ventana” y “Asuntos Propios” tenía la sensación de que esa gente disfrutaba tanto haciendo su trabajo que era capaz de contagiar a los oyentes. Y descubrí que la radio tenía un fuerte poder dramático. Tanto, que ¿por qué en mi grupo, Ultreia, no la incluíamos en una obra de teatro? Y así nació “La Azotea” como un personaje más que se sintoniza en un dial imaginario.

El pasado viernes nos enteramos de que “los pilares de Radio Nacional” se caían. Tras el adiós de Fran Llorente pensé “ay, me da que Toni va a ser el siguiente”. Pero inmediatamente me contradije “no se atreverán, no pueden cargarse a tanta gente”. Pues lo han hecho. De quienes no lo esperaba es de Juan Ramón Lucas y de Pepa Fernández, periodistas respetados y admirados por la profesión y de buen hacer reconocido.

Lamento muchísimo que sea el fin de una radio hecha, al menos, con honestidad. Escuchaba -desde la cama, víctima de un virus- la despedida de Toni Garrido y no podía creerlo: un adiós sin ninguna justificación por parte de la nueva dirección de RTVE. Desde aquí quiero dar las gracias como oyente a los equipos de “En días como hoy”, “Asuntos Propios” y “No es un día cualquiera” y, muy especialmente, a sus respectivos conductores. Gracias por entender Radio Nacional como un servicio público de los ciudadanos. Gracias por tantas cosas que os han dicho estos días y no voy a repetir. Gracias por hacer que tanta gente ame la radio.

El día que despedimos “La Mirilla”, en Radio Oasis, pedí a mi compañera Daría Pedraz que citara la popular frase que Toni Garrido repite cada tarde y que me gusta tanto: “Están escuchando la radio. Lo demás: o ruido, o silencio”.

Solo espero que en septiembre no tengamos que sintonizar el silencio.