Esa extraña inercia

 

MANUAL ABREVIADO DEL PERFECTO BUDISTA. Héctor Toledo. Inercia Teatro

Como dice la letra de Antonio Arias (Lagartija Nick), Esa extraña inercia en lugar de provocar una conexión al pánico, yo diría que Inercia Teatro consigue una conexión al público. Héctor Toledo nos presenta un texto que es una bofetada al público desde el primer segundo hasta el saludo final. De fondo, los temas de siempre: el amor, la amistad y la muerte que llevan a los personajes desde la miseria a la humanidad en poco más de hora y media. Una historia que habla de la muerte, pero en la que tiene  esencial protagonismo la vida. El autor retrata una generación dormida, apática, que se ha rendido ante un futuro que no era el que les habían prometido.

Al texto le sobran las alusiones al público y las explicaciones técnicas sobre cómo funciona el teatro en la escena de la borrachera. No aportan nada a la historia y distraen la atención del espectador, que tiene la sensación de que aquello no viene a cuento. Tampoco está bien resuelto cómo el personaje de Luque se entera de que va a morir (la voz en off del payaso). Original, sí, pero demasiado sórdido.  Las divagaciones físicas y filosóficas del gato encerrado no se sabe dónde no están al alcance de todo el público. Aunque quizá, tampoco estamos hablando de una obra que lo esté.

Por lo demás, no sobra ni falta ni una frase, ni un silencio. Y mucho menos los de Virginia Guechoum (Carmen). El espectador sufre con ella, siente su angustia, su rabia y sus dudas. Virginia Guechoum logra lo que pocas actrices: llevar al público a una catarsis a través de su dolor. Adrián Lázaro (Pedro) nos mira desde los ojos de un hombre perdido, que no sabe si huye o busca el camino a casa. Mira con la desesperación de quien se avergüenza de sí mismo, de quien busca una salida. Daniel González (Luque) es el eje central de la acción. Y comienza fuerte, arriba. Su cuerpo se deshace mientras entiende el sentido de su vida, y empieza a disfrutarla cuando reconoce su valor porque la está perdiendo. Y sin embargo esto no es lo más triste, sino lo más emocionante. Si la mirada de Adrián Lázaro se lleva toda la atención del público, es la voz de Miguel Gullón (Profe) quien induce al espectador a sentirse fracasado, fuera de lugar. Su aparente fragilidad esconde un trasfondo del personaje que se va desnudando según avanza la acción.

Los actores sienten miedo y el público también. Pero a su vez  sacuden al espectador con descargas de energía en el momento justo. Genial la escena de Nacidos para ser salvajes. Una lección de cómo describir la relación entre cuatro personas en pocos segundos. A través de los gestos, las miradas, y los gritos intuimos, -mejor dicho, conocemos- los silencios compartidos, los miedos, e incluso el pasado común entre Luque, Pedro, Carmen y Profe.  El director impone un ritmo cinematográfico a través de la música que suponemos es la banda sonora de la vida de los personajes. El sonido ambiente nos hace sentir frío, calor, miedo. Mención aparte merece la iluminación de Sara Martín: la autocaravana como único foco de luz, de vida en medio de un camino largo, oscuro, sombrío (especialmente genial en el inicio y el final del viaje). Manual… logra que el espectador conecte con una generación. Que comparta su rabia, su dolor y su incertidumbre. Y el público sale del teatro con ganas de vivir.

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“Hacemos las cosas que nos apetecen”

Héctor, Guyo, Dani, Vir y Adri

Un hombre sabe que se va a morir y decide emprender un viaje al Tíbet con sus tres mejores amigos en una autocaravana hippie. Héctor Toledo, autor y director de Manual Abreviado del Perfecto Budista nos cuenta en su obra la historia de la muerte de un hombre y la resurrección de sus amigos. El texto que Inercia Teatro monta actualmente es el retrato a voces de una generación dormida y una crítica a su conformismo con el mundo. Su autor además, la acompaña de una experimentación formal: “quería probar cómo meter un tipo de narración que se podría calificar como típicamente cinematográfica y encajarla en teatro”.

Inercia tiene casi todo preparado. Sólo faltan algunos detalles, como que Virginia elija los pantalones de su vestuario, o que Héctor y Sara (la técnico de luces) graben una voz en off. Poca cosa. Guyo (Miguel Gullón), llega en moto al ensayo con las gafas empañadas y mojadas por la lluvia. Pudimos verle en La Navaja y El Método Gronhölm con Pulso Teatro , en Qué te importa que te ame con Trastoque, y en Four Rooms con La Máscara  . Y en casi todas a la vez: aún así es el actor con menos experiencia del grupo. Le deprime el invierno por las navidades, el frío y los exámenes. Pero se le nota emocionado con el proyecto, “aquí se lo toman muy en serio, yo antes iba más de coña.” Virginia Guechoum espera pegada a la puerta del local donde ensayan, para no mojarse. Adri (Adrián Lázaro) y ella se quejan porque los demás no llegan y quieren empezar. A Adri en cambio no le molesta mojarse, dice que es una lluvia “calabobos” y que a él no le afecta. Virginia se ríe y le revuelve el pelo, empapado. El miembro de Tropiezo Teatro -un grupo de teatro de calle de Ávila- parece que está acostumbrado a las inclemencias del tiempo. Con Inercia se baja de los zancos para convertirse en Pedro, agente de seguros. “En sala hay cosas técnicas que me gustan, como jugar con la iluminación o el sonido. La calle te ofrece otra cosa, más frescura, más improvisación, más interacción con el público. Me gusta poder hacer de todo, por eso estoy en muchos grupos.” Cuando conduce la autocaravana da golpecitos sobre el volante y casi podemos notar el viento que entra por la ventanilla.

A pesar de su impuntualidad, Virginia reconoce que se lo pasa muy bien haciendo teatro con sus compañeros. “Están de la olla”, dice entre risas. Sabe que su caso es una excepción: Sara y ella son las dos únicas chicas en Inercia frente a cuatro chicos cuando en Salamanca normalmente es al revés. Casi todos los grupos de la ciudad están formados mayoritariamente por mujeres, y que ella sea la única actriz del montaje es, cuanto menos, inusual. De acuerdo con el espíritu experimental de Inercia, dice que le gusta probar cosas nuevas con cada obra y que para ella, “el teatro no es un aprendizaje, es una experiencia.” Como la que demuestra en Manual…donde interpreta a Carmen, encargada de un Mc Donals.

Cuando llegan Héctor y Dani (Daniel González) preparan la escenografía. El director insiste en que todo esté en su sitio y los demás deambulan por el espacio, sin prestarle demasiada atención. Juegan con un balón de espuma, estiran los músculos, se ríen. Héctor también se mueve sin parar. Busca cosas que le faltan, da órdenes y comprueba todo varias veces. Poco después están listos para comenzar el ensayo. Prevenidos…acción. Manual…ha sido un reto para todos desde el principio. “Inercia nació con vocación experimental, no de hacer cosas que no hubiera hecho nunca nadie, sino hacer cosas que a nosotros nos apeteciera hacer. Y ya probamos a hacer una obra narrativamente distinta, Teddy, donde no había líneas narrativas. Ahora quería probar cómo podría encajar una narración más organizada en secuencias que en actos en teatro, y cómo podría llevarme esas imágenes cinematográficas que yo tenía en la cabeza a una escena sin que perdiera la teatralidad.”

Daniel González es el protagonista, Luque. Morirse no le ha resultado nada fácil. “Es una obra donde tienes una transición del personaje bastante dura porque te estás muriendo en escena. Los quince días que dura la agonía del personaje la tienes que ir metiendo en escena y eso es algo muy difícil.” Dani también forma parte de La Lengua, otra compañía que ensaya en el mismo local. Estar en varios grupos es una práctica habitual entre ellos. Sirve para aprender más, conocer a más gente y no quedarse sólo. Como dice Héctor “en el teatro te pasas la vida pidiendo favores”.

Como objetivo principal para la distribución de Manual…, Héctor se plantea “conseguir un buen comercial que me la venda. Nosotros siempre hemos sido aficionados, nunca hemos sacado más de tres, cuatro, cinco bolos. El objetivo de esta obra es sacar más, sinceramente nos curramos la obras. Aunque sólo sea por el número de horas, da un poco de rabia no poderle sacar un cierto rendimiento, no ya económico, sino que lo vea la gente. Vamos a ver si en certámenes aficionados y luego en la provincia de Salamanca, a ver si encontramos ayuntamientos.”

Termina el ensayo, y después de los aplausos y las indicaciones del director (un poco a uvas y bajos de ritmo en el prólogo, luego bien) recogen la escenografía y apagan las luces.  Fuera sigue lloviendo, pero menos que antes. Dani enseña satisfecho a sus compañeros el cartel que ha diseñado para la obra: le ha quedado un poco más serio que sus precedentes en montajes anteriores. “Es que esta -justifica- es una obra seria”.

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